viernes, 1 de febrero de 2013

Gauguin y el viaje a lo exótico: Museo Thyssen-Bornemisza


La exposición Paul Gauguin y el viaje a lo exótico aborda tres cuestiones que van encadenándose. La primera y fundamental es la figura de Paul Gauguin, cuya huida a Tahití, donde reconquistó  el primitivismo por la vía  del exotismo funciona  como hilo conductor de todo el recorrido. Sus pinturas icónicas, creadas a través del filtro de Polinesia, no sólo se han convertido en las imágenes más seductoras del arte moderno sino que además ejercieron una influencia esencial en los movimientos artísticos de las primeras décadas del siglo XX, como el fauvismo francés y el expresionismo alemán. La segunda trata del viaje como escape de la civilización, que servirá de impulso renovador a la vanguardia, y el viaje como salto atrás a los orígenes a ese  estado edénico, utópico y elemental que anhelaba el primitivismo. La tercera y última, se refiere a la concepción moderna de lo exótico y sus vinculaciones con la etnografía  […]

Se pueden ver magníficas obras de sus contemporáneos: Henri Rousseau, Ernst Ludwig Kirchner, Wassilly Kandinsky, Paul Klee, Henri Mattisse y otros.



Hay un ciclo de cine los días 8, 9, 10, 11,12, 13 de Enero “Gauguin y el viaje a lo exótico”: Conferencias de, Javier Rebollo (Director de cine) y Luciano Berriatúa (Historiador de cine). Os llegará tarde esta información pero si estáis interesados acudir al Museo, seguro que ellos guardan la información en la biblioteca.

Siempre tengo documentación en mi biblioteca; veamos su biografía, que he contrastado y me parece preciosa.
Paul Gauguin nació  en París el 7 de junio de 1848, hijo de Clodoveo Gauguin y de Alina María Chazal. Cuando sólo tenía tres años, sus progenitores lo llevaron a Lima, donde vivían parientes lejanos de su madre. Desgraciadamente, el padre, periodista político de izquierda, falleció  durante el largo viaje, pero la viuda llegó a Lima con sus dos hijos y allí permaneció  cuatro años. De regreso a Francia, se instalaron en Orleáns, donde el joven  Paul efectuó sus primeros estudios. Luego, en 1865, Gauguin se embarca en un buque de carga y también como marinero cumple el servicio militar, que terminó en la primavera de 1871. Se ambientó pronto, en tierra: protegido  por Arosa –su tutor y gran coleccionista de las obras de Pissarro-  ingresó en la agencia de cambio Bertin, donde demostró buen olfato  para los negocios y logró beneficios jugando a la Bolsa.  En 1873 se casó con una joven danesa, Mette Sofía Gad, de la que tuvo hijos.

 La vida de Gauguin trascurrió desde entonces por el camino de las convenciones burguesas: Ganó dinero, compro cuadros modernos, como lo había hecho  su tutor, y en los días libres pintó en compañía  de su colega Emilio Schuffenecker. Tuvo la satisfacción de ver  admitido un cuadro suyo en el Salón de 1876, y desde  1880 en adelante  participó en todas las exposiciones del grupo de los impresionistas.
En lo sucesivo empezó a sentirse indeciso entre el empleo y la pintura, pero no dudo en la elección: consumido por el deseo loco de pintar a comienzos de 1883, sin comunicar su decisión  ni siquiera a su mujer, dejó el empleo en la agencia Bertin, sin  importarle la consecuencia que  esta actitud podía traerle a él y a los suyos. Pasó por encima de todo: de su familia, a la que dejó en Copenhague, después de una desafortunada tentativa para conciliar en esa ciudad la actividad comercial con la artística;  de la miseria, que le obligó  en París incluso a pegar carteles para ganarse el sustento;  de la incomprensión del público, que se reía de sus obras; de la enfermedad, que le llevó al hospital.

Si su vida privada se ennegreció bajo ese aspecto, su pintura fue siempre intransigente, libre de compromisos. Cuando volvió  a Francia en junio de 1885, inició frecuentes viajes de París a Bretaña, región cuyo paisaje lo atraía tanto como sus pensiones baratas. Allí entabló amistad con el pintor Carlos Laval,  en compañía del cual intentó su primera “fuga de la civilización”. Partieron en Abril de 1887 hacía Panamá y pasaron luego a la Martinica; pero en noviembre, enfermos y desalentados, regresaron a París sin un céntimo. En ayuda de Gauguin acudió  el bueno de Schuffenecker , que le dio alojamiento en París, y en esa ciudad entró en relación  con los van Gogh, Vicente y Teodoro, que se mostraron entusiastas de su trabajo. En la galería dirigida por Teodoro van Gogh, en julio de 1888 hizo, una exposición que, desgraciadamente, no alcanzó éxito comercial alguno.

Se estableció de nuevo en Bretaña, en su amada aldea  de Pont-Aven, y allí pintó e hizo esculturas y cerámica, rodeado de un grupo de pintores entre los que figuraban el joven  Emilio Bernard, Laval, Meyer de Haan y Pablo Sérusier. Pasó  algún tiempo en Arlés, con van Gogh, pero la visita terminó  trágicamente. Luego reapareció  en París, en casa de Schuffernecker. La exhibición artística organizada en el café Valpini, durante  la Exposición  Universal de 1889, resultó un  nuevo fracaso y se marchó otra vez a Bretaña; pero sus tanteos suscitaron  interés entre los pintores jóvenes y los críticos. El momento de Gauguin estaba por llegar: a fines de 1890 se hallaba de nuevo en París, haciéndose asiduo concurrente de las reuniones que los poetas simbolistas y los pintores sintetistas realizaban en el Café Voltaire. Entabló  amistad allí con Mallarmé, Aurier, Morice, Redon, Carriére, Mirbeau y los apodados Nabies. El propio

Mallarmé presidio un banquete en su homenaje, el 23 de marzo de 1891, pero el artista ya había salido de Francia para intentar la aventura de los trópicos. Su primera estancia en Tahití no fue larga ni afortunada, aunque Gauguin no pudo ya prescindir nunca de aquel de aquel ambiente natural, de aquella libertad. En París, donde estuvo de nuevo desde  agosto de 1893 hasta febrero de 1895, no tuvo más que desilusiones: La exposición en la Galería Durand-Ruel no le produjo ningún beneficio;  la visita que Gauguin  hizo a su mujer  en Copenhague no reconcilió  a los esposos;  el dinero de la herencia de un tío suyo se volatizó en sus manos, y Annah, la javanesa, su amante, lo abandonó  y saqueó su estudio. Así pues, Gauguin se embarcó para Tahití en febrero de 1895 para no volver nunca más a Francia.

La correspondencia  con  su fiel amigo  Daniel de Monfreid fue  el único lazo que lo unió al mundo europeo después de la ruptura definitiva con su mujer. Solo, sufriendo atroces dolencias, agobiado por trágicas preguntas sin respuestas- “¿De dónde venimos? ¿qué somos?, ¿a dónde vamos?”-,  carente de todo deseo, intentó suicidarse en 1898. Pero no era todavía el momento de su muerte: se repuso y volvió a trabajar en medio de una increíble miseria. De resultas de rozamientos con las autoridades de la isla, que no veían con buenos ojos aquel “blanco” que vivía en contacto con los nativos, abandonó Tahití para refugiarse en las Marquesas, en la isla  Hiva-Hoa, o Dominica, 1901.
Gravemente enfermo, pensó por un momento regresar a Francia, pero Monfreid le sugirió que su destino estaba, en lo sucesivo, allí. Algunas de las autoridades de la Marquesas consideraron peligrosa la presencia de aquel europeo en esas islas y, en marzo de 1903, fue condenado a tres meses de cárcel. Llegaba el fin. Abrumado por las preocupaciones, devorado por la enfermedad, consolado tan sólo por las palabras humanitarias del pastor protestante Vernier, Pablo Gauguin deja de existir el 8 de mayo de 1903, mientras el grito del viejo canaco Tioka: “¡El Blanco ha muerto!”, se pierde entre la maraña de la vegetación selvática.


Mariví Otero
Bibliografía: Guía de Mano. “Gauguin y el viaje a lo exótico”. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid, hasta el 13 de Enero 2013.
VV.AA. Pinacoteca de los Genios “Gauguin”. Editorial Codex, S.A. Buenos Aires 1964, magnífica editorial.