viernes, 16 de septiembre de 2016

Francisco Moreno Galván (La Puebla de Cazalla, Sevilla, 1925 – 1999, La Puebla de Cazalla, Sevilla): Pintor de lo flamenco y poeta de lo jondo.

Exposición el 12 de septiembre de 1988 en la Obra Cultural del Monte de Piedad de Sevilla. Foto: J. Lamarca

Le gustaba llamarme “mi querida marchante”, el 19 de Mayo de 1975 inauguramos su primera exposición en Madrid, en la Galería Península de la que era directora. El texto del catálogo, lo escribe su gran amigo el escritor y poeta  J.M. Caballero Bonald. Texto rotundo, sí, no he leído nada mejor sobre Francisco Moreno Galván artista y poeta:

“Yo he vivido muchas y muy similares experiencias al lado de Francisco Moreno Galván. Quiero decir que no me considero capaz de hablar de él sin recurrir de algún modo a mi propia biografía. Hemos estado juntos, aun sin saber que lo estábamos, desde hace aproximadamente un cuarto de siglo: todo ese metódico plazo, como de maderas  quemadas, que va de la primera juventud a la segunda madurez. Nada me induce a sospechar que Francisco haya modificado ni un solo dispositivo de su conducta en todo este tiempo. Lo veo, lo sigo viendo –estoy seguro que seguiré viéndolo- como cuando lo conocí. Recuerdo que ya entonces parecía estar protegiéndose de algo que nunca llegaría a deterior su almacén de verdades. Creo que todavía pretende lo mismo: defender con ceremoniales decoros una de las más honestas, delicadas, limpias ejecutorias de artista con que yo me haya encontrado jamás.

Foto: J. Lamarca.

Este romano de Sevilla cruzado de mozárabe dispone, efectivamente, de toda esa furiosa mansedumbre artística, o de todo ese reconcentrado –jondo- orgullo cultural, que  apenas si se insinúa en la penúltima exquisitez de los mejores andaluces. Su pintura se corresponde en este sentido con la propia actividad humana del autor: una actividad guadiánica, más bien insurrecta de pertinaces confinamientos y cíclicos acopios de aventuras, que se ha ido desplegando con pasión y libertad semejantes en la vida y el pensamiento. No sé cuantos años hace que Francisco ha venido rehusando con apacible desdén la nada sañuda propuesta de exhibir su obra pictórica, tal vez porque su obra pictórica, quería buscar acomodo fuera de sus más íntegras y anónimas generosidades. Me pregunto que quién ha podido convencerlo, al cabo de tantas y tan empecinadas renuncias, para que admita la posibilidad de que una exposición no es necesariamente una trampa.

Francisco Moreno Galván en la inauguración en la Galería Península. Foto: J. Lamarca.

Francisco siempre acaba de llegar de la Puebla o está a punto de irse a la Puebla, ese nativo enclave bético que, después de ser colonizado por muy varias civilizaciones, insiste en descolonizarse a partir de esa otra civilización representada por gentes de la casta de los Moreno Galván. La pintura de Francisco nos autoriza ejemplarmente a entenderla como una fulgurante, magnánima identificación con esa genealogía de innatos poseedores de la cultura del pueblo que nunca poseerán la tierra. Desde la asombrosa armonía del color a los  magistrales itinerarios del dibujo, Francisco reitera aquí una y otra vez el balance –entre dramático y jubiloso- de quien  ha asimilado algo más que de un espléndido lenguaje artístico: La lección de pintar con la misma solemne y humilde sabiduría del que ilumina a los otros por medio del relámpago terrible de un cante”.

¡Le convencí yo! su hermano José María Moreno Galván (Crítico de Arte) asesor de la galería me comento que su hermano pintaba, yo no lo sabía, y nos fuimos a La Puebla de Cazalla (Sevilla) para conocer a Francisco, ver la obra y me enamoro, pintaba tan bello, el dibujo era espléndido. 



 La obra de Francisco Moreno Galván, se encuentra en colecciones privadas y en el Museo de Arte Contemporáneo José María Moreno Galván. Calle Fábrica, 22. La Puebla de Cazalla 41540. Sevilla.


Seguiré con las recordaciones. La próxima cita será la exposición del año 1981.

Mariví Otero
Asistente: Manuel Otero Rodríguez

Exposición: Francisco Moreno Galván. Texto: Caballero Bonald, J.M. Galería Península, del 19 de Mayo al 14 de Junio 1975. Madrid. Catálogo en blanco y negro.

martes, 6 de septiembre de 2016

Antoni Gaudí en Astorga: tiempo que no lo visitaba.




 Antoni Gaudí    
                                     
Palacio Episcopal de Astorga.

El antiguo palacio de los obispos asturicenses amanecía en llamas un 23 de diciembre de 1886. El fuego lo consumió todo, nada se pudo salvar de aquella pira.

Astorga contaba en aquel momento con un obispo nuevo; sólo dos meses hacia que había tomado posesión de la sede Don Juan Bautista Grau i Vallespinós, que procedía, igual que el artista, de Reus; antes de su nombramiento como obispo había sido vicario general en el arzobispado de Tarragona. Gaudí  aceptaría el encargo, si bien no era éste el momento más apropiado para él;  se encontraba ocupado de lleno con los proyectos de la Sagrada Familia y el Palacio Güel todavía estaba en obras. Pidió planos concretos del lugar, así como fotografías  de los alrededores, sobre todo estos últimos habrían de guiar la concepción  externa del edificio.

El obispo Grau recibe unos primeros planos y se apresura a felicitar al arquitecto, enviándole el siguiente telegrama “Recibidos planos magníficos. Gustan muchísimo. Enhorabuena. Espero carta”.

El gusto del prelado no fue compartido por la Academia de San Fernando en Madrid, quien no aceptó el proyecto en su totalidad. Mientras estas dilaciones se producen, Antoni Gaudí decide trasladarse a estas tierras maragatas. El genial artista comprende  que la realidad era muy diferente de lo que él imaginaba. Sí que había una Astorga cargada de larga y dilatada historia.

Gaudí opta por una permanencia reposada y recorre la ciudad y parte de la diócesis. Fruto de este estudio será  el nuevo concepto del palacio, y así en la festividad de San Juan Bautista, fiesta del santo del obispo. En 1889 el genial arquitecto inicia las obras, todo ese verano se trabajó duramente en el semisótano, y un año después  se realizaba el piso bajo y pórtico de acceso. Meses más tarde el piso principal y la planta noble estaban ya prácticamente concluidos. Tanta rapidez se vio interrumpida con la muerte del obispo propulsor. Nunca una muerta ha podido ser tan sentida por el arte. El cabildo catedralicio no comprendía  que se pudiera gastar tanto dinero para semejante obra, y máximo teniendo presente que la diócesis asturicense era pobre. Las discusiones surgen y Gaudí abandonará en 1893 la obra, cuando aún faltaba el segundo piso y el ático.


Hasta la venida del obispo Julián de Diego y Alcolea, varios arquitectos intervinieron en la obra, así Francisco Blanch y Pons  y Manuel Álvarez Reyero. La obra quedara en total abandono, pues poco se preocuparon de ella.

En 1905 es nombrado obispo Julián de Diego y Alcolea, y obviando las opiniones del cabildo decide ponerse en contacto con Gaudí. No bastaba sólo con la correspondencia, y por ello se traslado a Barcelona para intentar persuadir al arquitecto para que continuara con la obra. Tanto esfuerzo fue vano; Gaudí estaba dedicado por completo al templo de la Sagrada Familia. El Palacio de Astorga ya quedaba lejos en su trayectoria artística.

Ante esta negativa se decide rematar el palacio como sea. El segundo piso y ático que proyectara Gaudí se suprime, y el arquitecto Ricardo Guereta, persona a quien se le encomendó  la finalización, cobra el último recibo como finiquito a últimos del año 1913. En este mismo año el obispo Alcolea  consagra la capilla.

De acuerdo con la función y el carácter de la obra de Gaudí, se orientó según el neogótico propagado especialmente por Viollet-le-Duc. Este teórico había recomendado como requisito imprescindible el estudio intensivo de los antiguos edificios góticos, pero evitando siempre la copia directa de los mismos.

Viollet-le-Duc

Este edificio es un excelente monumento neogótico; de él se ha dicho que el arquitecto lo concibió jugando con tres ideas, como castillo, como templo y como mansión señorial. Los materiales utilizados en la construcción –granito, pizarra y cerámica, todos ellos autóctonos de la diócesis- y una personalísima visión de Gaudí del estilo neogótico, proveniente de la arquitectura historicista, dan como resultado un singular y bello edificio de cuento de hadas.

En su exterior un gran foso lo circunda. Construido con piedra de granítica de Monte Arenas consta de cuatro fachadas y tres pisos. Ábside, torreones, balaustradas, cresterías hacen que este conjunto se inigualable. Su entrada se hace por la fachada principal. Sobre una gradería surge la original portada con tres arcadas de dovelas, formando abanico y cubriéndose en su interior con cúpula. Si hermoso es el exterior, aún sube su mérito en el interior. Aquí todo está estudiado conforme a su función; así en sus sótanos columnas y pilares sostienen sencillas bóvedas góticas, todo ello como esbozado crea un ámbito sombrío, de misterio de castillo medieval.

El vestíbulo se cubre con elementales nervaduras de cerámica vidriada que, arrancando del granito de las ménsulas, se distribuyen en la bóveda y confluyen en la también granítica clave.

Traspasado el vestíbulo se nos abre a nuestra vista un enorme salón, a modo de hall. El granito de sus seis monolíticas columnas sostiene el espacio. Se nos antoja en este recinto una clara inspiración árabe, traída en sus capiteles de hojas estilizadas con recuerdos de inscripciones cúficas. A este gran salón  confluyen las dependencias de secretaría, oficinas y provisorato; particular interés reviste esta última por la conjunción  de columnas, bóvedas nervadas, absidiolos y vidrieras.

Quizás lo más granado de todo el palacio sea su segundo piso, o planta noble; a ella se asciende por una granítica  escalera de caracol. Estamos en lo que tendría que ser la morada episcopal. El centro, formado por un gran vestíbulo, tiene planta cuadrada, de la que surgen cuatro columnas de granito con capiteles de puntas aguzadas que soportan la crucería de la alta bóveda.


Una portada triple sirve de acceso al salón del trono. Aquí  la luz discreta se tamizada penetra por estrechos vitrales cuajados de flora heráldica episcopal. Al fondo el trono pétreo del obispo, obra de Marín y coronándolo el baldaquino, singularísima obra de Gaudí.

Si la penumbra domina en el salón  del trono, a raudales pasa por los dos otros grandes recintos, dedicados a comedor y despacho oficial. Los motivos de frutas y flores y la consabida fórmula de la bendición  de la mesa alegran las vidrieras del comedor, mientras vivísimos colores heráldicos ambientan el espacio del despacho oficial, sostenido por dos columnas.

El colorismo más brillante hace su aparición en la capilla episcopal al traspasar el gran pilar que deja vano doble. Es un perfectísimo templo gótico en miniatura, con su gran ábside y absidiolos. Su finísima arquitectura convive armónicamente con la vidriería de Maumejan, los azulejos de Zuloaga, los tapices-frescos de Villodas, la cerámica  vidriada de Jiménez y el delicadísimo retablillo con imagen de la Virgen y altar, todo de mármol blanco de Enrique Marín. Toda esta gran planta de maravillas queda rematada por un último piso, terminado con rapidez  por el arquitecto Guereta.

Nunca llegó a ser  utilizado como residencia episcopal, abriéndose  al público en 1964 como Museo de los Caminos.

Mosaico Romano. S. IV d. C.


El edificio está integrado en la Ruta Europea del Modernismo, por ser considerado una obra maestra en la organización del espacio y tratamiento de la luz.

Muy recomendable una escapada a Astorga (León) visitar a  Gaudí su contenido el Museo de los Caminos, catedral y su museo, muralla romana, Museo Modernista, Excavaciones romanas,  etc. Espléndido pueblo.

Mariví Otero
Asistente: Manuel Otero Rodríguez

Fuente: Llamazares, Fernando. Astorga y Maragateria. Ediciones Lancia, S.A, León. España. 1992.
Zerbst, Rainer. Antonio Gaudí. 1989 Benedikt Taschen. Alemania.

Fotos: Mariví Otero