lunes, 27 de enero de 2014

La Escuela de Barbizon

Cuando viajas a París, siempre intentas visitar todo lo que el tiempo que tienes te da para disfrutar de esta bella ciudad. Una de mis visitas fue al Museo de Orsay ¡que me gusta este museo!  En el recorrido pude volver a ver obras especiales, un encuentro que me sugirió esta entrada en el blog. La colección Alfred Chauchard 1- Corot, Díaz, Dupré, Millet, Rousseau.

Alfred Chauchard (1822-1909) fue uno de los fundadores de los grandes almacenes del Louvre; ya desde 1885 constituyó  una colección de obras de arte privilegiando la pintura francesa del siglo XIX y particularmente a Millet y a los paisajistas del grupo de Barbizon (Rousseau, Courbet, Dupré, Díaz, Corot Daubigny…) en 1900, la colección, legada por Chauchard entró en el museo del Louvre. 

Museo Orsay

En las  academias seguía prevaleciendo la opinión de que los cuadros importantes debían representar poderosas figuras y que los obreros o los campesinos sólo suministraban asuntos adecuados para escenas de género, de acuerdo con la tradición de los maestros holandeses. Durante la época de la revolución de 1849, un grupo de artistas se congregó en la aldea francesa de Barbizon para seguir el programa de Constable y observar la Naturaleza con los ojos limpios. Uno de ellos, François Millet (1814-1875), resolvió ampliar este programa del paisaje a las figuras; se propuso pintar escenas de la vida de los campesinos, mostrándolos tal como eran, esto es, pintar hombres y mujeres trabajando en el campo. Es curioso advertir que esto haya podido considerarse revolucionario, pero en el arte del pasado, tales escenas sólo se utilizaron cuando encajaban con el tema que se quería representar.

En el famoso cuadro de Millet, Las espigadoras, que está ubicado en esta colección.  Aquí no se halla representado ningún incidente dramático, nada que pueda considerarse anecdótico: no se trata más que de tres atareadas jornaleras sobre una llanura que se está segando. No son hermosas ni atractivas. No existe la sugerencia de un idilio campestre en el cuadro; estas campesinas se mueven lenta y pesadamente, entregadas de lleno a su tarea. Millet ha procurado resaltar su sólida y recia constitución y sus premeditados movimientos modelándolas vigorosamente con sencillos contornos contra la llanura, a la brillante luz solar. Así, sus campesinas adquieren una  gravedad más espontánea y verosímil que la de los héroes académicos. La colocación, que parece casual a primera vista, mantiene esta impresión de equilibrio apacible. Existe un ritmo calculado en el movimiento y distribución de las figuras que da consistencia a todo el cuadro y que nos hace percibir que el pintor consideró la labor de las  espigadoras como una escena de significado noble.

Millet.  Las espigadores 1857

La razón por la que Jean François Millet  llega a la pequeña villa de Barbizon en las cercanías del profuso bosque de Fontainebleau en 1849, era la de realizar una severa reflexión de las deterioradas condiciones de vida en la ciudad en favor de unas más idílicas actividades relacionadas con la vida  en el mundo rural. No fue el único  que abandona la ciudad por un retorno a los orígenes de la vida a través de la inmersión  en la naturaleza; sin embargo, si fue de los primeros artistas en instalarse en el pueblo de Barbizon para estudiar la naturaleza, experimentando con sus peculiaridades a través de árboles, caminos y riachuelos de toda la región.

De hecho eran partícipes de una lejana tradición  pictórica  que había comenzado en el siglo XVIII, por la cual  los pintores trabajaban donde vivían. El movimiento de mitad de centuria significaba una continuidad con el reconocimiento  del bosque de Fontainebleau como santuario y refugio donde los artistas y visitantes ponían en común sus almas con la naturaleza y desarrollaban una transformación espiritual  de raíz esencialmente romántica a través del reconocimiento del entorno como  forma de supervivencia en unos tiempos caracterizados por el masivo desarrollo de la industria y las continuas convulsiones sociales que desalentaban a aquellos que permanecían en las barriadas y casuchas pobres del entorno urbano.

La estética de Barbizon

La relación entre el hombre y la naturaleza fortaleció los principios de la escuela de Barbizon que tuvieron su continuidad en las décadas de los sesenta y setenta. Durante los últimos  años de la vida de Théodore Rousseau (1812-   1867), el líder de los artistas de Barbizon, llevó al  lienzo todos los efectos y estados de la naturaleza. En sus lienzos reprodujo los Robles de Bas-Bréau, dominando el entorno y la pequeña figura de un colector de leña que detiene su labor para admirar una puesta de sol. Sus colores tamizados, la particular forma de estudiar las calidades de la luz en el paso del tiempo hicieron e inspiraron los modelos de muchos jóvenes artistas. A Rousseau le emocionaba la naturaleza; por ejemplo su gran Bosque en invierno, Puesta de Sol (The Metropolitan Museum of Art, Nueva York) revelan que no omitió  en sus obras sentimientos de melancolía, aflicción o desesperación como tantos pintores que trabajaron en el bosque de Fontainebleau. 

T. Rousseau    Salida del bosque de Fontainebleau 

Cuando en las últimas pinturas del paisajista Henri Harpignies (1819-1916) de otra generación mantuvo aquellas cualidades en sus árboles, o en sus cristalinos estanques de agua, reproduciendo los cambios lumínicos remitiendo a sentimientos de vacio y tristeza sugestionando como la estética de Barbizon hacía pero con cualidades vivas que seguían perdurando después de 1900. Añadidas estas cualidades, el trabajo de los líderes del grupo de Barbizon eran más valorados por sus colegas pintores.

Un talentoso observador fue el artista académico León A. Lhermitte (1844-1925) cuyos primeros paisajes demostraron una clara afinidad con las escenas de Camille Corot (1796-1875). Lhermitte maduró, y con tiempo reflexionó sobre el proceso de entrenamiento de la memoria que responde a una necesidad de reproducir la naturaleza; ideó también escenas de trabajo en el campo como cosechadores o vendimiadores  que sugieren familiaridad con el realismo de unas escenas acabadas con habilidad.

Tomando la inspiración de la escuela de Barbizon los pintores dieron importancia a la labor del campo a diferentes horas del día y los cambios estacionales; los lienzos de Lhermitte –y especialmente sus luminosos pasteles- ayudaron  a Barbizon a volver a valorar la tierra y la naturaleza en un momento en el que el Impresionismo estaba disolviendo las formas y la estructura narrativa.

La complejidad de la visión de la escuela de Barbizon dio sólidos modelos a los jóvenes pintores. Mientras algunos se decantaban por el lado revolucionario otros lo hacían por el impresionismo, el impacto de la primera generación de pintores de Barbizon no se perdió.

El pintor que dio nombre a este movimiento, fue Gustave Courbet (1819-1877). Cuando inauguró una exposición individual de sus obras en París, el año 1855, la tituló Le Réalisme, G.Courbet. Su realismo señalaría una revolución artística. Courbet no quería ser discípulo más que de la Naturaleza. Hasta cierto punto, su temperamento y su programa se parecieron a los de Caravaggio (1571-1610): no deseaba la belleza, sino la verdad.

Courbet. Bonjour,  Monsieur Courbet 1854

La misma preocupación por la sinceridad, la misma disconformidad con la insoportable y teatral ostentación del arte oficial que guió  a los pintores de la escuela de Barbizon y a Courbet hacia el realismo, hizo que un grupo de pintores ingleses emprendieran un camino distinto, La Hermandad Prerrafaelista.

Mariví Otero

Bibliografía: E.H.Gombrich. Historia del arte. Traducción: Rafael Santos Torroella.Ediciones Garriga.S.A. Barcelona. 1975.

Musée d’Orsay, Guía. París

martes, 14 de enero de 2014

Insectos y Paisajes

Alejandrina García Faure

Feliz  2014. Comienza el año muy activo repleto de propuestas expositivas, conferencias, música, teatro en el ámbito de las galerías madrileñas, de la periferia o internacionales, la gente se arriesga en estos momentos, diría que difíciles. 

El pasado día siete estuve en la inauguración de esta exposición, Insectos y Paisajes, de la artista Alejandrina García Faure. ¡Sorprendente trabajo!, sí, digo sorprendente, porque he conocido el principio de este proyecto, pero no conocía el resultado final.

Disfruto de la exposición, de los mosaicos de plantas naturales invadidas por insectos como si de la “estufa” del Jardín Botánico se tratase, ¡naturaleza y arte bajo el mismo techo!


El género de paisaje es un invento, por excelencia, moderno. El que una perspectiva histórica, privilegiada en cuanto a información, nos permita adivinar paisajes en las huellas artísticas de un pasado más remoto, desde un relieve cinegético asirio a una escena de laboriosidad campesina de un libro de horas medieval, no significa sino que podemos proyectar y descubrir asuntos ajenos a la voluntad de sus creadores originales: las representaciones animalísticas están cargadas de intenciones mágicas para el hombre prehistórico y una idílica escena de recolección agrícola representa para el hombre del Medievo el arquetipo simbólico del paso de las estaciones.

El arte del siglo XX ha dejado de ser una copia naturalista, aún teniendo en cuenta las desviaciones interpretativas que se han producido en cualquier época y todos los ensayos que se hayan efectuado. Conceptos, filosofía y demás pruebas de fuego han impreso en el trabajo del artista una serie de actitudes nuevas entre las que no deben olvidarse los caracteres emanados de la idiosincrasia de cada momento.

Pero una cosa es el arte como campo de experimentación y otra la pintura en sí, con la magia de la atemporalidad. Ahí es precisamente donde hay que situar el trabajo de Alejandrina.

Escribe, Víctor Nieto Alcaide, en el tríptico dedicado a la exposición: […] Son siempre paisajes pictóricos, plásticos, sin referencias a la identidad de los componentes naturales que aparecen en ellos, aunque siempre palpiten las vivencias y el sentimiento de un entorno: la sierra de Madrid, concretamente la de Guadarrama. Sus cuadros aparecen  siempre como una caligrafía realizada con la tinta de los colores y las luces de la sierra, reduciendo el paisaje a una abstracción sintética […]


Buscar ideales ha sido durante mucho tiempo tarea a la que han dedicado sus fuerzas gran número de artistas. Para Alejandrina el ideal está marcado por la interpretación de las formas naturales y por la consideración poética de su advertencia. De su continua conversación con la realidad extrae la carga energética suficiente para conseguir la parte de misterio que ésta contiene, no en cuanto es imagen, sino discurso espiritual, místico y lírico.

                                          Alejandrina con Marta, Chiti y Paula..

Alejandrina, ha creado un dialogo entre  plantas e  insectos, ya lo había hecho anteriormente entre estatuas, jardines y fuentes.

Espléndida exposición, con un inmejorable trabajo técnico, en diferentes soportes.

Insectos y Paisajes. Alejandrina García Faure.

Víctor Nieto Alcaide: La vida en el paisaje. Texto tríptico de la exposición.

Galería de Arte Orfila, Madrid. Del 7 al 27 de enero 2014. 

Mariví Otero

Fotografía: Mariví Otero.