martes, 26 de julio de 2016

Caravaggio y los pintores del norte: Un revolucionario inquieto.


En las Salas del Museo Thyssen-Bornemisza, se exhiben cincuenta y tres obras, doce de ellas del maestro Lombardo procedentes de colecciones privadas, museos e instituciones como el Metropolitan Museum de Nueva York, la Galleria Degli Uffizi de Florencia, el Museo del Ermitage de San Petersburgo, el Rijksmuseum de Ámsterdam o la Iglesia de San Pietro in Montorio en Roma.
El recorrido abarca el curso de la carrera de Caravaggio, desde el periodo romano hasta las emotivas pinturas oscuras de sus últimos años, junto a una selección de obras de sus más destacados seguidores en Holanda: Dirk van Baburen, Gerrit van Honthorst o Hendrick Ter Brugghen. Flandes: Nicolas Régnier o Louis Finson y Francia: Simon Vouet, Claude Vignon o Valentin de Boulogne.

Gert Jan van der Sman, profesor de la Universidad de Leiden y miembro del Instituto Universitario Olandese di Storia dell’ Arte de Florence (Universidad de Utrecht), desarrolla un  trabajo como comisario, que en principio, parece complejo, el resultado final es espléndido.


Gran renovador de la pintura del siglo XVII, Michelangelo Merisi nació el 28 de septiembre de 1573 en la localidad lombarda de Caravaggio, en la provincia italiana de Bérgamo.

Caravaggio es el pintor más misterioso y sin duda el más revolucionario de la historia del arte. En Roma, treinta años después de la muerte de Miguel Ángel, desencadenó una violenta reacción contra el Manierismo, “la maniera” de pintar de sus predecesores, que juzgaba limitada, amanerada, académica. Impuso lenguaje realista, teatral, escogiendo en cada tema el instante más dramático, reclutando sus modelos en la calle, incluso para las escenas más sagradas como Muerte de la Virgen h. 1606 (Museo del Louvre), que no dudó en pintar como escena nocturna, algo que ningún artista había osado hacer antes. Proclamó la primacía de la naturaleza y de la verdad.

Fue, en pintura, la apoteosis de lo que se llamará, más tarde, el arte barroco. La época, en el paso del siglo XVI al XVII, está marcada por el frenesí, el exceso, el éxtasis. Del Concilio de Trento salió la Contrarreforma:  al rigor de Lutero y Calvino, que habían expulsado cuadros y esculturas de lugares sacros, los papas y los jesuitas opusieron una abundancia de imágenes, de ornamentos, de colores, de contrastes y de decoraciones, para deslumbrar a los fieles, subrayando el predominio de Roma. Claudio Monteverdi inventó la ópera. La obra de Caravaggio se integró en ese momento impetuoso y lo amplificó. Cada una de sus obras es un escándalo, por lo que algunos se indignaron. Nicolas Poussin, que llegó a Roma poco después de la muerte de Caravaggio, declaro: “Vino a destruir la pintura”.

La onda expansiva que desencadenaron sus obras fue poderosa y persistente, pero la memoria de Caravaggio no resistió tanto. El artista cayó en el olvido. Habría que esperar tres siglos para que se le hiciera justicia. Su nombre volverá a la superficie a finales del siglo XIX; pero el público solo lo descubrirá, y calibrará su verdadera dimensión, con los trabajos del crítico Roberto Longhi, hacia 1920. Este reconoció la influencia de Caravaggio sobre todo el siglo XVII e incluso más allá, hasta Delacroix, Géricault (quien copió la Deposición de Caravaggio antes de abordar Los náufragos de la Medusa). Courbet y Manet. “Después de Miguel Ángel, ningún otro pintor italiano ha ejercido tanta influencia”, dijo el crítico norteamericano Bernard Bereson, quien consideró “incongruente” y no lo estimaba especialmente. “Después de él, la pintura ya no podía ser como antes. Su revolución fue una modificación profunda e irreversible de la relación sentimental e intelectual entre el artista y el objeto de su mirada”, escribió Giuliano Briganti. Y André Berne-Joffroy, secretario de Paul Valéry, resume: “Lo que, después del Renacimiento, comienza con Caravaggio es simplemente pintura moderna”.

Escandaloso, provocador, inadmisible en vida, Caravaggio lo siguió siendo después de muerto. Como no se encontró su cadáver, algunos pretendieron que había simulado su muerto para zafarse de sus perseguidores.

[…] Escribió el profesor Julián Gállego: “Pero Caravaggio sigue siempre vivo y joven, porque no se limitó a darnos una réplica objetiva del universo: nos dio su versión propia, su opinión, humilde y dramática de que la belleza reside en la verdad. Una verdad a la que llega, como cada cual, por medios artificiosos, rechazados otros, igualmente válidos para captarla (como la atmósfera libre de Venecia, basada en una técnica de pinceladas sueltas), para convencernos de que la vida es (también) un hermoso drama, incluso cuando se trata de la vida de una modesta fruta en un cestillo.


Caravaggio y los pintores del norte traslada al visitante a la época de Michelangelo Merisi  y a las décadas que siguieron a su muerte, cuando su fama aún estaba en su punto más alto, un periodo especialmente rico en hitos pictóricos. La exposición se abre con dos salas dedicadas a las obras que el pintor realizo durante sus años en Roma en las que se pone de manifiesto su polifacética  carrera. En las siguientes, se presentan cuadros de artistas del otro lado de los Alpes que contemplaron con sus propios ojos obras de Caravaggio. El resultado de sus impresiones se muestra desde una perspectiva lo más amplia posible, pues cada uno aportaba su propio bagaje y, además, buscaba nuevos modos de expresión, tanto en el arte religioso como en el profano. Las dos últimas salas están dedicadas a la producción de Caravaggio y sus seguidores extranjeros en Nápoles y el sur de Italia.


Mariví Otero.

Asistente: Manuel Otero Rodríguez.

Fuente: Caravaggio y los pintores del Norte. Museo Thyssen-Bormenisza. Muestra del 21 de Junio al 18 de septiembre de 2016. Documentación Oficina de Prensa del Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid.

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